#1
Participar en un deporte no debería ser únicamente aprender normas, competir o encajar en un grupo. Para muchas personas autistas, encontrar una actividad física adecuada puede convertirse en un espacio de bienestar, desarrollo personal y regulación emocional. Pero para que esto ocurra, es necesario cambiar la mirada sobre qué entendemos por deporte y cómo acompañamos a cada persona.
Muchas familias quieren que sus hijos disfruten del deporte, pero a veces sienten miedo o rechazo en ciertos espacios. ¿Por qué puede ser tan importante encontrar una actividad física adaptada y respetuosa?
Uno de los grandes problemas que siguen encontrando muchas familias es la dificultad para acceder a profesionales realmente formados y capaces de desarrollar actividades físicas desde una mirada individualizada y respetuosa. Muchas veces se sigue trabajando desde una visión demasiado global del autismo, olvidando que cada persona presenta necesidades, intereses, capacidades y formas de participación completamente diferentes. Existen aspectos sensoriales, motores, emocionales o comunicativos que pueden dificultar la participación en determinados entornos deportivos, pero eso no significa que no puedan entrenarse o mejorarse. Lo que requieren es paciencia, conocimiento, adaptación y profesionalidad. Hay niños que necesitan más tiempo para tolerar determinados ruidos, espacios, materiales o dinámicas grupales. Otros necesitan anticipación, apoyos visuales o una estructura más clara para sentirse seguros. Y otros simplemente necesitan encontrar una actividad que conecte con sus intereses y motivaciones. Por eso es tan importante encontrar un espacio donde el objetivo no sea únicamente “hacer deporte”, sino desarrollarse como persona a través del movimiento. Un entorno donde se estructure, se adapte y se individualice la experiencia deportiva para que la persona pueda beneficiarse de todo lo que aporta un entrenamiento físico: mejora motriz, regulación emocional, autoestima, autonomía, relación con otros y sensación de competencia personal. Cuando una actividad está bien planteada, deja de ser un espacio de exclusión o esfuerzo extremo y se convierte en un lugar donde la persona puede sentirse válida, comprendida y capaz.
¿Qué beneficios emocionales y sociales has visto en niños y jóvenes autistas cuando encuentran un deporte o actividad donde realmente se sienten comprendidos?
Los cambios que aparecen cuando encuentran un entorno donde se sienten comprendidos son enormes. Muchas veces, por primera vez, encuentran un espacio donde no tienen que estar constantemente intentando encajar en una norma social, en una manera concreta de comportarse o en una nota que mida su valor. El deporte bien acompañado les permite competir contra sí mismos, superarse a nivel personal y descubrir que son capaces de hacer cosas que antes parecían imposibles. Ahí aparece algo muy importante: la sensación de competencia y autoeficacia. Cuando disfrutan de una actividad y además ven resultados relativamente rápidos —mejor coordinación, más resistencia, aprender una habilidad nueva, sentirse más seguros corporalmente— la motivación crece muchísimo. Y esa motivación unida al disfrute genera cambios emocionales muy potentes: aumenta la autoestima, disminuye la frustración y aparece una mayor predisposición a probar cosas nuevas. También a nivel social se observan avances importantes. Muchas veces el deporte ofrece relaciones más naturales y menos exigentes socialmente que otros contextos. Compartir una actividad, un juego o un entrenamiento facilita la interacción sin necesidad de mantener conversaciones complejas o ajustarse constantemente a expectativas sociales difíciles de comprender. Pero, sobre todo, el gran beneficio es que dejan de verse desde lo que “no pueden hacer” y empiezan a descubrir todo aquello que sí son capaces de lograr.
A veces se pone el foco solo en el rendimiento o en “seguir normas”. ¿Cómo debería adaptarse el deporte para respetar distintas formas de comunicarse, participar o regularse?
Lo primero sería cambiar incluso el propio concepto de deporte y ampliarlo hacia algo más global como es la actividad física. Muchas veces asociamos deporte con competición, rendimiento, normas rígidas o necesidad de encajar dentro de una estructura concreta. Y eso deja fuera a muchas personas. La actividad física debería entenderse como una herramienta de desarrollo, aprendizaje y bienestar. El objetivo no debería ser únicamente cumplir normas o convertirse en “uno más”, sino utilizar el movimiento como un recurso para favorecer el desarrollo físico, emocional, cognitivo y social de la persona. Para ello es importante flexibilizar muchas cosas: los tiempos, las formas de participación, la comunicación, la exigencia motriz o incluso el propio objetivo de la actividad. No todas las personas necesitan participar igual ni comunicar igual para beneficiarse del deporte. Creo que partir de entrenamientos individuales o de actividades predeportivas donde puedan experimentar diferentes modalidades deportivas es un gran punto de partida. Eso permite descubrir intereses reales, fortalezas y formas de participación más naturales. A partir de ahí, se pueden potenciar aquellas actividades con las que la persona conecta más. También es fundamental comprender las necesidades de regulación. Hay personas que necesitarán pausas, espacios más tranquilos, menor carga sensorial o actividades con menor presión social. Adaptar no significa reducir capacidades; significa crear las condiciones necesarias para que la persona pueda participar desde el éxito y no desde la constante sensación de fracaso.
¿Qué señales pueden ayudar a una familia a saber si un entorno deportivo es realmente inclusivo y seguro para su hijo?
La principal señal es muy sencilla: que el niño quiera volver. Que entre y salga contento. Eso suele decir mucho más que cualquier discurso sobre inclusión. Cuando una actividad se convierte únicamente en una obligación, en una tarea más que cumplir o en un momento de esfuerzo extremo constante, probablemente ese no sea el espacio adecuado. El deporte debe generar desafío, sí, pero también bienestar, motivación y sensación de seguridad. Ahora bien, también es importante entender que no todo se consigue el primer día. Hay niños que inicialmente rechazan actividades nuevas por miedo, desconocimiento o dificultad para adaptarse a un entorno distinto. Por eso es fundamental dar tiempo al proceso y confiar también en el trabajo del profesional. Un buen entorno inclusivo suele tener entrenadores flexibles, capaces de adaptar objetivos, escuchar a la familia y observar a la persona más allá del diagnóstico. Son espacios donde se entiende que el progreso no siempre es lineal y donde se prioriza el bienestar antes que el rendimiento. También suele notarse en pequeños detalles: cómo hablan al niño, cómo reaccionan ante una dificultad, si permiten distintas formas de participación o si realmente muestran interés por conocer a la persona que tienen delante. La inclusión real no se mide por permitir entrar a alguien a una actividad, sino por conseguir que esa persona se sienta parte de ella.
¿Qué mensaje darías a familias que quieren probar actividades deportivas con sus hijos, pero tienen miedo a experiencias negativas?
El miedo es completamente comprensible, especialmente cuando ya ha habido experiencias difíciles previas. Pero también es importante entender que incluso las experiencias negativas pueden convertirse en aprendizaje. A veces necesitamos descubrir aquello que no nos gusta para poder encontrar lo que realmente encaja con nosotros. Y muchas veces el problema no es la actividad en sí, sino el contexto, la metodología o la falta de adaptación. También ocurre que, en ocasiones, el miedo nos hace anticipar que algo va a salir mal antes incluso de intentarlo. Y eso puede limitar oportunidades muy valiosas. Por eso creo que merece la pena seguir buscando, probar opciones diferentes y apostar por actividades físicas profesionalizadas y bien acompañadas. Cada vez existen más profesionales comprometidos con una mirada respetuosa e inclusiva, y encontrar esos espacios puede cambiar muchísimo la calidad de vida de una persona. El deporte y la actividad física no son únicamente ocio. Son herramientas con enormes beneficios a nivel cognitivo, emocional, físico y social. Pueden mejorar la autoestima, la autonomía, la regulación emocional, las habilidades motoras y la relación con el entorno.