Recuerdo perfectamente ese día. Yo iba convencida de que nos dirían que mi hijo tenía TDAH, como su hermana. Era algo que ya conocía, algo que sentía que podía manejar. Pero no estaba preparada para escuchar la palabra “autismo”.
Durante la valoración, la psicóloga lo observó, me hizo preguntas, y todo parecía transcurrir con normalidad. Yo no imaginaba lo que estaba a punto de escuchar. Cuando ya nos íbamos, casi al final, me dijo con mucha naturalidad: “Lo que tiene es autismo, camuflado con TDAH”.
En ese momento sentí que el tiempo se detenía. No entendía bien lo que significaba. No supe qué responder. Me quedé en silencio, como si mi mente no pudiera procesarlo. Esa frase se me quedó grabada para siempre.
Salí de allí con muchas preguntas, con miedo, con confusión… y también con una sensación difícil de explicar, como si todo cambiara de golpe. A día de hoy, siento que todavía estoy procesándolo. Como me ha dicho mi psicóloga, sigo atravesando ese “duelo del diagnóstico”.
Porque no es solo ponerle un nombre, es reajustar expectativas, entender a tu hijo desde otro lugar y también darte tiempo a ti misma para aceptar, aprender y volver a empezar desde ahí.