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”¿Y cuando ustedes falten quién va a cuidar de él?”
Es una pregunta que recibimos con frecuencia las familias de personas con discapacidad.
Y aunque muchas veces viene disfrazada de preocupación, casi siempre parte de una idea equivocada: creer que la ausencia de mamá o papá es un problema exclusivo de las personas con discapacidad.
La realidad es que todos los hijos, con o sin discapacidad, algún día enfrentarán la ausencia de sus padres.
Todos.
También hay adultos sin ninguna condición que no saben cocinar, administrar su dinero, hacer un trámite, acudir solos a una cita médica o resolver situaciones cotidianas. La autonomía no depende únicamente de un diagnóstico.
Como mamá, claro que me preocupa el futuro de mi hijo. Trabajo todos los días para darle herramientas, apoyos y oportunidades que le permitan desarrollar su máximo potencial.
Pero hay una pregunta que rara vez se hace:
¿Qué estamos haciendo como sociedad para que, cuando nosotros faltemos, nuestros hijos sigan teniendo un lugar seguro en el mundo?
Porque la solución no es juzgar a las familias.
La solución es construir comunidades más empáticas, escuelas más inclusivas, espacios laborales accesibles y redes de apoyo reales.
Un mundo donde las personas con discapacidad no dependan exclusivamente de sus padres para ser valoradas, respetadas y acompañadas.
El futuro de nuestros hijos no debería recaer únicamente sobre los hombros de sus familias.
Debería ser una responsabilidad compartida por una sociedad que entienda que la inclusión no es caridad, es justicia.
Y quizás necesitamos menos preguntas llenas de juicio y más personas dispuestas a ser parte de la respuesta. 🤍