¿Qué cambia en la forma de maternar cuando una mujer entiende y valida su propia neurodivergencia?

  • ProfesionalNivel 1 · Primeros pasos

    #1

    Lo primero que ocurre es que cambia profundamente la forma en la que se mira a sí misma. Y eso, inevitablemente, transforma también la manera en la que mira y acompaña a sus hijos.

    Muchas mujeres neurodivergentes llegan a la maternidad con una enorme ilusión. Con frecuencia convierten la crianza en su interés especial y entran en hiperfoco intentando ser la madre que imaginaron: disponible, implicada, paciente, presente, organizada… la madre-expectativa. Al mismo tiempo, muchas descubren que la rutina familiar les aporta una estructura externa que les ayuda a sostener dificultades relacionadas con las funciones ejecutivas.

    Y durante años funcionan así: adaptándose, compensando, aguantando más de lo que pueden, disimulando la sobrecarga, el cansancio o la necesidad de parar. Pero llega un momento en que ya no saben cuánto de lo que hacen nace realmente de ellas y cuánto nace del esfuerzo continuo por responder a lo que creen que una “buena madre” debería ser.

    Por eso, cuando una mujer empieza a entender y validar su propia neurodivergencia, no solo cambia su autoconcepto. Cambia la relación que tiene con sus límites, con sus necesidades y con la culpa. Mientras atraviesa ese proceso de reconstrucción —que muchas veces incluye duelo por el pasado y por todo el esfuerzo invisible sostenido durante años— deja de verse como “demasiado sensible”, “complicada”, “vaga”, “intensa” o “incapaz”. Comprende que llevaba muchísimo tiempo funcionando desde la exigencia y la adaptación constante.

    Y eso aporta algo muy importante: alivio. Porque cuando entiendes por qué te saturas, por qué necesitas silencio, descanso, estructura o tiempo sola, las dificultades no desaparecen de golpe, pero sí disminuye muchísimo la pelea interna contigo misma.

    Y aquí es donde empieza a cambiar realmente la forma de maternar: Empiezas a relacionarte con tus hijos desde un lugar más auténtico y menos basado en el personaje que intentabas sostener. Dejas de exigirte perfección constante. Toleras mejor el error propio y ajeno. Empiezas a poner límites antes de llegar al colapso. Te permites regularte en lugar de aguantar hasta explotar. Y, sobre todo, dejas de transmitir una idea muy dañina: que para ser querido hay que esconder continuamente las propias necesidades.

    Porque muchas madres neurodivergentes crecieron aprendiendo precisamente eso. A compensar para parecer normales. A funcionar aunque estuvieran agotadas.

    Cuando una madre entiende y abraza su neurodivergencia, sus hijos empiezan a ver algo distinto: una adulta que reconoce sus límites, que descansa, que pide ayuda, que se regula, que no se destruye por equivocarse y que no necesita fingir constantemente para merecer valor. Y eso también educa. De hecho, probablemente educa más de lo que imaginamos.

    Soy Virginia Rodríguez, diagnosticada de autismo a los 55 años, y un año después también de ACI y TDAH. Maestra de Educación Infantil y responsable del programa Conecta con la Diferencia, que encuentras en www.conectaconladiferencia.com

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    #2

    ¿Cómo puede una madre neurodivergente cuidarse como madre, es decir, criar de manera respetuosa consigo misma y a la vez con sus hijos, teniendo en cuenta sus propias necesidades?

    El tema de la maternidad da para mucho, por eso amplío la información añadiendo mi planteamiento sobre el tema del propio cuidado.

    Una crianza respetuosa no debería construirse sobre la renuncia permanente a las necesidades de la madre. Muchas mujeres neurodivergentes han aprendido desde muy pequeñas a priorizar el bienestar de los demás por encima del suyo. Han normalizado ignorar el cansancio, soportar la sobrecarga sensorial, adaptarse continuamente y seguir funcionando incluso cuando sus recursos están agotados. Cuando llegan a la maternidad, suelen aplicar el mismo patrón.

    El problema es que vivir durante años en ese nivel de exigencia tiene consecuencias. No porque falte amor hacia los hijos, sino porque ningún sistema nervioso puede mantenerse indefinidamente en estado de esfuerzo constante. Criar de forma respetuosa contigo misma implica empezar a considerar tus necesidades como una información válida y relevante para la organización familiar. Significa identificar qué situaciones te generan sobrecarga, qué rutinas facilitan tu funcionamiento, qué apoyos necesitas y qué demandas exceden tus recursos actuales.

    Esto puede traducirse en decisiones muy concretas: reducir actividades extraescolares si la logística diaria resulta inasumible, simplificar rutinas domésticas, repartir responsabilidades con otros adultos, reservar momentos de recuperación sensorial, utilizar ayudas visuales para organizar el día o anticipar situaciones especialmente demandantes.

    También implica abandonar la idea de que una buena madre debe estar siempre disponible. A veces, ser respetuosa contigo misma significa decir: «Ahora necesito diez minutos de silencio», «Hoy no puedo hacer una actividad más» o «Necesito ayuda para gestionar esto». Además, cuando existe neurodivergencia en la familia, algo bastante frecuente, este cambio de mirada resulta especialmente valioso. Puede ocurrir que uno o varios hijos también sean autistas, tengan TDAH, altas capacidades u otra condición del neurodesarrollo. En esos casos, comprender tus propias necesidades suele ayudarte a reconocer antes las suyas. En lugar de interpretar determinadas conductas como desobediencia, inmadurez o falta de interés, empiezas a preguntarte qué necesidad hay detrás: si existe sobrecarga sensorial, dificultades de transición, problemas de regulación emocional, fatiga social, diferencias en la comunicación o necesidades de apoyo ejecutivo. Eso permite introducir ajustes concretos que benefician a toda la familia: flexibilizar expectativas poco realistas, adaptar entornos, anticipar cambios, ofrecer más tiempo de procesamiento, respetar necesidades sensoriales o buscar formas alternativas de comunicación y regulación.

    La paradoja es que muchas madres descubren que, cuanta menos energía invierten en parecer la madre ideal, más recursos tienen para responder a las necesidades reales de sus hijos.

    Porque una crianza respetuosa no consiste en exigir que todos se adapten continuamente a los demás. Consiste en construir un funcionamiento familiar donde las necesidades de cada miembro —incluidas las de la madre— puedan ser reconocidas, comprendidas y tenidas en cuenta.

    Soy Virginia Rodríguez, diagnosticada de autismo a los 55 años, y un año después también de ACI y TDAH. Maestra de Educación Infantil y responsable del programa Conecta con la Diferencia, que encuentras en www.conectaconladiferencia.com

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