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Lo primero que ocurre es que cambia profundamente la forma en la que se mira a sí misma. Y eso, inevitablemente, transforma también la manera en la que mira y acompaña a sus hijos.
Muchas mujeres neurodivergentes llegan a la maternidad con una enorme ilusión. Con frecuencia convierten la crianza en su interés especial y entran en hiperfoco intentando ser la madre que imaginaron: disponible, implicada, paciente, presente, organizada… la madre-expectativa. Al mismo tiempo, muchas descubren que la rutina familiar les aporta una estructura externa que les ayuda a sostener dificultades relacionadas con las funciones ejecutivas.
Y durante años funcionan así: adaptándose, compensando, aguantando más de lo que pueden, disimulando la sobrecarga, el cansancio o la necesidad de parar. Pero llega un momento en que ya no saben cuánto de lo que hacen nace realmente de ellas y cuánto nace del esfuerzo continuo por responder a lo que creen que una “buena madre” debería ser.
Por eso, cuando una mujer empieza a entender y validar su propia neurodivergencia, no solo cambia su autoconcepto. Cambia la relación que tiene con sus límites, con sus necesidades y con la culpa. Mientras atraviesa ese proceso de reconstrucción —que muchas veces incluye duelo por el pasado y por todo el esfuerzo invisible sostenido durante años— deja de verse como “demasiado sensible”, “complicada”, “vaga”, “intensa” o “incapaz”. Comprende que llevaba muchísimo tiempo funcionando desde la exigencia y la adaptación constante.
Y eso aporta algo muy importante: alivio. Porque cuando entiendes por qué te saturas, por qué necesitas silencio, descanso, estructura o tiempo sola, las dificultades no desaparecen de golpe, pero sí disminuye muchísimo la pelea interna contigo misma.
Y aquí es donde empieza a cambiar realmente la forma de maternar: Empiezas a relacionarte con tus hijos desde un lugar más auténtico y menos basado en el personaje que intentabas sostener. Dejas de exigirte perfección constante. Toleras mejor el error propio y ajeno. Empiezas a poner límites antes de llegar al colapso. Te permites regularte en lugar de aguantar hasta explotar. Y, sobre todo, dejas de transmitir una idea muy dañina: que para ser querido hay que esconder continuamente las propias necesidades.
Porque muchas madres neurodivergentes crecieron aprendiendo precisamente eso. A compensar para parecer normales. A funcionar aunque estuvieran agotadas.
Cuando una madre entiende y abraza su neurodivergencia, sus hijos empiezan a ver algo distinto: una adulta que reconoce sus límites, que descansa, que pide ayuda, que se regula, que no se destruye por equivocarse y que no necesita fingir constantemente para merecer valor. Y eso también educa. De hecho, probablemente educa más de lo que imaginamos.
Soy Virginia Rodríguez, diagnosticada de autismo a los 55 años, y un año después también de ACI y TDAH. Maestra de Educación Infantil y responsable del programa Conecta con la Diferencia, que encuentras en www.conectaconladiferencia.com